KÚN AGÜERO: ¿De héroe a villano?

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«Yo no soy el malo de la película«

por César Labrandero

El pasado jueves, aprovechando la obligada cita que tenía el Atlético de Madrid con las rondas previas de la Europa League, acudí al Vicente Calderón con una sola intención: volver a ilusionarme con otro proyecto atlético.

Más allá del resultado final, una circunstancia me llamó poderosamente la atención: decenas de pancartas recubrían las gradas del estadio colchonero manifestando un sentimiento común: han sido traicionados.

El gran baluarte del Atlético de Madrid había mutado en hereje. El haber sido tan querido, hizo que, al decir que quería marcharse, que no se sentía atlético, al forzar su salida, fuera tan odiado.

Sin embargo, por doloroso que pudiera resultar, el club rojiblanco ha vendió a un futbolista que ya no quería estar, a cambio de 45 millones de euros. Un negocio bastante bueno dada la situación económica de crisis mundial que estamos padeciendo.

El problema era la reacción de la afición. Los Cerezo, Gil y compañía no podían dejar que la afición, tan apasionada, tan fiel, tan comprometida, se enfadara con ellos – más si cabe todavía –.

De ahí que pusieran al joven jugador argentino entre la espada y la pared, obligándole a hacer público un negocio que estaba ya perfeccionado desde su última renovación allá por el mes de Enero.

Que mis palabras no lleven a confusión. En ningún caso pretendo justificar al jugador que, mal asesorado, se equivocó en la forma elegida para separarse de una afición entregada, volcada e incondicional hacia su persona.

Te equivocaste amigo.

César Labrandero

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