El niño Torres, de Fuenlabrada a Chelsea.



Todavía recuerdo aquel episodio de Informe Robinson, donde mi amigo Michael viajaba a su ciudad de Liverpool para contarnos sobre la llegada de un Madrileño de Fuenlabrada para triunfar en la ciudad de los Beatles.
En aquella entrevista, Fernando Torres cuando recordaba el » You will never walk alone » de los Reds, decía que cuando salía del túnel de vestuarios en Anfiled, se veía en la obligación de darlo todo, por toda esa gente, esa afición … la misma que tan solo unos años más tarde le satanizó por su marcha al Chelsea.
Esta es mi visión de la historia.
Era fácil imaginar la sonrisa del director de Sky Sports News. Si una imagen vale mil palabras, ésta valía aún más. Era perfecta, poderosa. Llamativa. Unos aficionados de Liverpool quemaban a la camiseta de Fernando Torres – las llamas saltaban, tragando al número 9.
La imagen habló de la tristeza, del enfado. El gran icono del Liverpool se había vuelto Satanás. El haber sido tan querido, hizo que, al decir que quería irse del Liverpool, al forzar su salida, fuera tan odiado. Nadie odia tanto a una mujer que su ex-marido.
Pero la imagen no solo demostró lo decepcionados y lo dolidos que estaban esos aficionados. Sino que también, de alguna manera, de la forma en que estaban manipulados.
No solo por la televisión – y francamente no se descarta a un reportero dándole a unos aficionados molestos que andaban por ahí cuatro cosas: una camiseta del Liverpool, una cerilla, un bidón de gasolina, y la oportunidad de salir en la tele. Sino también por el club, por el negocio de fútbol, por la importancia social que ha cobrado, los intereses visibles y ocultos que están en todos lados.
Primero, Torres no es víctima. Se fue porque, tal y como estaba el club, quiso irse. Había llegada a la conclusión de que con casi 27 años tenía que marcharse de Anfield para volver a triunfar en el Chelsea. Se fue porque le interesaba. Se fue porque así es Fernando. Lo que pasa es que, y ésa es la clave, también la situación le interesaba a los dueños del club, los que «son» el club (y en el fondo esa es la cuestión: quién es el club ? Un presidente ? Quién es la institución ?)
El Liverpool vendió a un futbolista que ya no quería estar, a cambio de 58 millones de libras. Un negocio bastante bueno. El problema era la reacción de la afición. Los propietarios no podían dejar que la afición, tan vehemente, tan fiel, tan comprometida, se enfadara con ellos. Ya había aprendido la lección de los dueños anteriores, Hicks y Gillet – tan odiados ellos.
Por eso dijeron públicamente que habían rechazado una oferta del Chelsea. No porque se negaban a vender, sino para presumir de resistir. Y al obligarle a Torres a pedir oficialmente el TRASPASO , le convirtieron a él en el malo de la película. Y a sí mismos en los buenos. Se habían reforzado; habían ganado la guerra propagandística.
Habían jugado su mano. Y jugaban, como todos los clubs, con las cartas marcadas. En cuanto el aficionado – el único que no intenta aprovecharse del fútbol, el único que es realmente fiel en todas las situaciones además de juez y parte, pero que es apasionado, irracional y daltónico – vea que un futbolista quiere irse, ya él sabe con quién va. Apoya a su club. Aunque no sea precisamente justo, aunque el club también quiere que se vaya el futbolista.
Y si hay que mentir o manipular para que sea el jugador que lleve todos los palos, pues a manipular. Fácil es convencer al jurado. Royston Drenthe es persona non grata en el Hércules, atacado a diestro y siniestro por el presidente, pero es que no le han pagado. Andy Carroll se fue del Newcastle al Liverpool, después de haber pedido oficialmente el transfer. Pero es que resulta que no quería irse. El dueño del Newcastle, Mike Ashley, quería el dinero y le obligó a Carroll a dar el paso públicamente – así la culpa es del jugador, no del ‘club.’ Otro mercenario más.
El mercado de invierno de nuestro amado fútbol, demostró otra vez que se les pide a los futbolistas un grado de implicación con el club igual a la del aficionado y que esto es casi imposible. Se habla mucho de que, por mucho que besen el escudo, a los futbolistas solo les interesa lo suyo. Pues, en muchos casos a los dueños y a los presidentes también. Dicen que unos no tienen lealtad. Es verdad. Otros tampoco.
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Por Sid Lowe
Sid Lowe vive en Madrid y escribe una columna semanal para Guardian.co.uk. También escribe regularmente para The Guardian, World Soccer, la prestigiosa revista FourFourTwo y el Telegraph. Trabaja como comentarista deportivo para distintas cadenas de Televisión en España, Asia y EEUU.
Desde Enero de 2.011 colabora en nuestro Blog www.news.bwin.com/es .

